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Un buen profesor

Un buen profesor

Hace pocas semanas me enteré del fallecimiento de uno de los mejores profesores que he tenido, diría que el mejor de los que tuve en la universidad. Pocos días antes había ido a la facultad a pedir una copia compulsada del título y, como siempre, pensé: «voy a subir a ver a Diego», pero me pudieron las prisas de este ritmo frenético en el que a veces me meto, y no fui a ese despacho de la novena planta tantas veces visitado. A los pocos días me llamó mi mejor amiga, a la que conocí precisamente allí estudiando la carrera, para decirme que nuestro querido profesor estaba muy enfermo. Y en menos de una semana falleció.

Lo he sentido muchísimo, y por eso quiero hacerle este pequeño homenaje. Estudié con él una de las asignaturas obligatorias, «Manierismo», y me gustó tanto que repetí con una optativa, «Pintura italiana del Cinquecento». Era un hombre peculiar, de físico enjuto, muy alto, y todavía con reminiscencias en el habla de su origen canario. Exigente y duro, con conocimiento absoluto de las materias que impartía, poco amigo de las tonterías y de las pérdidas de tiempo, profesional y lo que yo considero un buen profesor, que consiguió que me empapara los libros de pintura como si me fuera la vida en ello, aprendiendo a apreciar las maravillas de los grandes maestros.
Además de en las clases, tuve trato con él fuera de las aulas. Era el responsable de Erasmus y me ayudó muchísimo cuando decidí ir a estudiar a Italia con ese programa. La relación era tan buena que, incluso después de terminar la carrera, seguía viniendo a escucharme a los conciertos. Era muy aficionado a la música, tenía una de los abonos del Auditorio Nacional y muchas veces coincidíamos allí o nos encontrábamos cenando después. Apreciaba el Arte, las Artes, y disfrutaba con ellas. Tenía una sensibilidad especial.
Me he sentido tristísima al buscar su nombre en internet y comprobar que en las primeras entradas aparece una web en la que diferentes alumnos dejan opiniones espantosas sobre él. Me asombra la falta de respeto, la ignorancia, la libertad de expresión mal entendida, esa facilidad para hablar mal de los demás tan gratuita e injustamente. Era un profesor duro, pocos aprobábamos y menos sacábamos buenas notas, pero él daba las clases de un nivel que bien podía exigir después resultados.

Esto me ha llevado a plantearme qué se considera hoy en día que es un buen profesor. Mis padres se han dedicado a la docencia, y siento el orgullo de haber oído siempre buenas opiniones sobre ellos; no tengo ninguna duda de que han sido muy buenos profesores, incluso alguna vez lo comprobé colándome en sus clases. Sé que se les ha considerado duros y exigentes, pero eso antes era valorado como algo bueno, así lo he oído transmitir a sus alumnos. ¿Acaso un profesor bueno es únicamente aquel con el que se aprueba fácilmente? Un buen profesor también tiene derecho a exigir, ¿por qué no?

Ser un buen profesor no es nada fácil. Valoremos esta profesión en todos los niveles, desde la Educación Infantil hasta la post-universitaria. Apreciemos el trabajo de los que, en muchas ocasiones, se dejan la piel para enseñarnos.

 

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